Mi madre ha llegado a Roma. Cada encuentro mío con ella es una especie de recaída. Siempre que tengo que ver a esta mujer irreal, como perdida, sin vínculo con nada, que no logra envejecer, me percato de cómo de niño huía de ella, y temo profundamente que después de años de andar y correr no estoy aún lo bastante lejos de ella y que todavía, interiormente, tengo algún impulso que concuerda con la otra mitad de sus gestos marchitos...
Rilke. Epístola a Lou Andrea Salomé, el 15 de Abril de 1904.
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